Valores repudiados

“El dinero es un instrumento que puede tener un uso noble o un uso canalla”  (José Antonio Marina)

valores repudiadosNo hace mucho tuve una interesante experiencia de análisis de valores con un grupo de madres y padres de un prestigioso colegio de Sevilla. Una interesante experiencia para nosotros como consultores, y espero que también para ellos pues sus valoraciones fueron bastante favorables. Fue un trabajo con cierta profundidad, aunque limitado en el tiempo: dos tardes y unas tareas entre sesiones que incluían la realización individual y análisis del Inventario de Valores de Hall-Tonna.

Entre los resultados y conclusiones, más allá del trabajo formativo y de diagnóstico grupal, hubo algo que nos llamó poderosamente la atención. En aquel grupo de padres y madres, pertenecientes a la burguesía sevillana, había sucedido algo muy similar a lo que antes observamos en otra población bien distinta.

Valores ausentes: las tres D

Había sido con un grupo de 30 madres y padres de una pequeña localidad agrícola y artesana de la serranía de Cádiz. En uno y otro caso, un ejercicio estandarizado de “consenso de valores sobre nuestra familia ideal” había arrojado un conjunto bastante similar de 15 o 20 valores prioritarios, secuenciados en etapas madurativas. Y, para completar el patrón, también ambos grupos coincidieron en la ausencia, en sus elecciones explícitas, de ciertos valores que responden a necesidades relacionadas con el dinero, la disciplina y el deber:


ECONOMÍA (GANANCIA) = Asegurar ganancias económicas para sentirse seguro y respetado, estableciendo una base sólida para el futuro.
CONTROL-ORDEN-DISCIPLINA = Tener pautas que permitan comportarse de acuerdo con las normas establecidas.
DEBER-OBLIGACIÓN = Seguir las costumbres y normas establecidas, con respeto a los otros y con sentido de responsabilidad hacia los códigos institucionales.
[definiciones cortas originales del modelo Hall-Tonna, según adaptación de Elexpuru y cols. (2002), Universidad de Deusto]

Esto no es tan sorprendente, si bien creo que merece esta referencia. Como también mereció la mención explícita y reflexión ante aquellos padres y madres participantes. Pues una vez más se nos ponía en evidencia cierta disposición cuasi universal a silenciar determinados valores. 

¿Valores “negativos” o negados?

Valores que son referidos como menores o secundarios, anticuados o incluso “negativos”. Y esto es así -qué duda cabe- por alguna influencia religiosa o ideológica, constitutiva de lo que solemos llamar “lo políticamente correcto”. En un artículo anterior ya referimos esta frase de Beatriz Villacañas:

“Para conocer  a fondo una época  es necesario un estudio de las palabras que santifica y de las palabras que demoniza”.

 

Entonces hablábamos de palabras santificadas o palabras-mito; hoy nos referimos a palabras-valor demonizadas: valores repudiados.

Porque lo más llamativo y que nos movió a la confrontación y a un rico debate con el grupo del colegio sevillano vino después. Surgió al comparar este perfil de grupo, resultante del ejercicio de consenso, con las conclusiones del análisis de los inventarios individuales de valores que, entre sesiones, ellos mismos habían realizado. Resultó que esos tres mismos valores -llamémoslos Dinero, Deber y Disciplina, las “tres D”- sí se encontraban, de forma muy significativa, entre las prioridades de la mayoría de sus listas de valores individuales. Esto es: se evidenciaba una notable incongruencia entre la ausencia de estas “tres D” cuando preguntamos explícita y públicamente por ellos como palabras-valor, frente a su notoria presencia cuando los mismos sujetos, de modo individual y anónimo, eligen y priorizan sus ideales y patrones de conducta más implícitos, proyectados en el repertorio de 125 ítems del Inventario de Valores Hall-Tonna.

Cuestiones

No estábamos allí, ni aquí, para juzgar esa incongruencia. Pero quizás, como padres y educadores, debiéramos preguntarnos si esa brecha, entre necesidades sentidas implícitas y valores repudiados explícitamente, no tendrá consecuencias sobre nuestras estrategias educativas. Y, particularmente, sobre la inalienable función socializadora de nuestra institución familiar (y, quizás, igualmente, de otras de nuestras instituciones).

¿Por qué no reconocer que la economía, el orden y la norma también forman parte de los cimientos para un clima familiar que proporcione seguridad a los miembros y les ayude a construir su presente y futura autonomía

¿Acaso no es preferible tratar explícitamente acerca del dinero o el deber, sin ocultarlos bajo fundamentalismos morales o seudo-progresistas, advirtiendo -como con cualquiera otro valor- sobre sus riesgos de sobrevaloración? Lo ilustró el filósofo Marina con esa rotunda frase sobre el dinero que encabeza este artículo. Porque no es sólo la elección de valores, sino su orden de prioridad y las asociaciones entre ellos, lo que más determina su repercusión sobre nuestras conductas. La jerarquía de valores, de la que tanto hablaron Maslow Rogers.

¿Qué calidad de socialización cabe esperar en los menores, si quienes les educamos llegásemos a repudiar expresamente ciertos valores de base? Palabras-valor como autocontrol, deber, esfuerzo, responsabilidad… Valores que hoy vemos ya tan mal considerados que incluso padres/madres y maestros prefieren silenciarlos. Aun cuando la evidencia nos lo muestra en contra de sus necesidades sentidas, en contra de sus propias prioridades implícitas.

Conclusión

Yo al menos saqué una lección: menos santificar y demonizar palabras; menos mitificar y repudiar valores. Aunque sólo sea por simple coherencia entre lo que sentimos y lo que expresamos.

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