Palabras-valor y palabras-mito

“Una de las características de nuestro tiempo es la tendencia, sin duda programada, a llenar de contenido absoluto ciertas palabras cuyo sentido, positivo o negativo, depende en gran medida de las circunstancias… Para conocer  a fondo una época  es necesario un estudio de las palabras que santifica y de las palabras que demoniza”  (B. Villacañas)

palabras-valor calle

Palabras-valor

Hace unos días asistí a una conferencia de Federico Mayor Zaragoza (científico y político español, Director General de la UNESCO entre 1987-1999) y me resonó particularmente una idea: Estamos en una transición global en que la fuerza de la ideología debe dejar paso a la fuerza de la palabra.

Yo estoy profundamente convencido del sentido y vigencia de las palabras-valor. Valores expresados a través de palabras con profunda carga emocional, palabras motivadoras y que amplían la conciencia. Así lo aprendimos con Freire y su palabra generadora, y es fundamento del marco epistemológico en que mejor me apoyo para hablar de valores: el modelo Hall-Tonna. Pero, desafortunadamente, hace tiempo que el sectarismo ideológico contamina nuestro lenguaje con el germen de “lo políticamente correcto”. Y así llena sus discursos, sus enseñanzas, hasta sus leyes, de palabras que algún día significaron algún valor pero hoy apenas sabemos lo que significan, fruto de su abuso, sobrevaloración o tergiversación. Palabras manipuladas, al fin y al cabo, por eso que llaman “el poder ideológico”.

Palabras-mito

De este modo hemos llegado a perder el profundo significado de palabras como Solidaridad o Paz, tan sobadas en mítines y escuelas, en programas electorales y currículos educativos, que  conseguimos ablandarlas y vaciarlas de contenido auténtico. Por lo que ya apenas nos promueven emoción ni nos proporcionan Sentido.

Así también llegamos a experimentar la hipertrofia permanente de eso que llaman Tolerancia. Un valor que elevamos a primer orden en nuestra coyuntura histórica de la Transición, algo entonces incuestionable; pero que no hemos sabido reubicar en los márgenes, más ajustados, de la riqueza de la DiversidadComo dice Villacañas: “Vivimos en tiempos de tolerancia obligatoria” cuando “hay tantas cosas que son intolerables”.

Otro procedimiento por el que palabras-valor se nos convierten en palabras-mito, vacías de sentido, es  la manipulación de unas jerarquías de valores pretendidamente incuestionables. Jerarquías en las que unos destacan obligadamente la Seguridad, otros la Libertad y otros (u otras) la Igualdad. Y… ¡ay de quien ose contradecirles! Hemiplejía moral atinó a llamarlo Ortega y Gasset.

Los mitos no educan

No se construye la Paz hablando constantemente de esa paz grandilocuente que no parece ser más que Equilibrio, apenas un orden sin conflicto armado… Ni se educa para la Solidaridad manoseando continuamente el término, cual si creyéramos que resulta igualmente significativo para el preescolar que para el universitario. Son muchos los valores intermedios, instrumentales, valores auténticos y secuenciados que, adecuados a cada persona y en cada momento de su necesidad y madurez, se convierten en potentes motivadores: Respeto, Cuidado, Generosidad, Empatía, Colaboración, Equidad, Justicia, Dignidad… Son valores más pegados al terreno, realmente vinculados a la acción, que etapa a etapa, fase a fase, contribuyen eficazmente a ampliar la conciencia del individuo y a forjar con él y en su entorno esos grandes ideales de Paz y Solidaridad.

Aquí muestro, a modo ilustrativo, una propuesta para el desarrollo de valores, secuenciados por etapas evolutivas, en torno a estas dos grandes (y, por lo mismo, complejas y abstractas) categorías de valores: Paz y Solidaridad. Se trata de un mapa axiológico que, partiendo del mencionado Modelo Hall-Tonna, ofrece unos itinerarios de valores que, a mi entender, facilitan un auténtico proceso de educación o mejora personal. Y así lo hemos utilizado en diversas actuaciones con educadores (docentes, técnicos, padres y madres) en claves de coaching educativo:

Mejor con coherencia

palabras-valor jardínClaro está que, para promover esos itinerarios, quien propone los valores –sea político, asesor, intelectual o educador- debe ser alguien convencido y dispuesto a ejercitarlos; como diría Freire, dispuesto a “corporeizar las palabras con el ejemplo”. Y, desafortunadamente, no es esto lo que más a menudo nos encontramos.

Yo recuerdo una anécdota personal de hace unos años, tan sencilla como impactante fue para mí:

Era sábado por la mañana. Volvíamos mi esposa y yo de hacer la compra semanal en el mercado. Yo empujaba el carrito de la compra, recién repleto. Al llegar a un estrechamiento de la acera, un grupo de 5 o 6 personas charlaban distraídamente ante la puerta de una clínica, bloqueándonos el paso. Un hombre con muletas acababa de dar un rodeo para poder entrar al centro sanitario; ahora una joven con un cochecito de bebé optaba por bajar dificultosamente a la calzada para poder seguir adelante, si bien pasó a mi lado murmurando acerca del grupo en cuestión, que seguía indiferente.

Yo no quise ser uno más en ceder y luego murmurar, así que decidí seguir por la acera reclamando asertivamente mi espacio de paso. No pretendí hacerlo con acritud, pero mi malestar fue en aumento cuando, mientras pasaba entre ellos, llegué a oír su conversación: El grupo estaba hablando acaloradamente acerca de la falta de solidaridad que percibían en una propuesta del gobierno… Era evidente que ni se les pasaba por la cabeza que ellos, en lo más fácil y próximo, no aplicaban solidaridad, ni siquiera empatía. Como dijo Eric Hoffer:

“Es más fácil amar a la humanidad en general que a tu vecino”.

Sin coherencia no hay Sentido

Dijo Freire que “la palabra verdadera transforma al mundo”. Pero también que “no hay palabra verdadera que no sea unión inquebrantable entre reflexión y acción”. Si en las supuestas palabras-valor no late la emoción, nos faltará el Sentido; pero si además falla la congruencia en la conducta –la acción– es que nunca hubo valor, tan sólo palabras.

Porque la coherencia no suele ser nuestro principal distintivo. Y porque las palabras-valor se nos han vuelto palabras-mito. Por eso propongo que para educar en valores deberíamos consensuar algunos itinerarios de valores operativos, con más congruencia y menos grandilocuencia. Valores (palabras-valor) más pegados al terreno, más vinculados a la acción, y menos influenciados por unos poderes ideológicos que siempre serán pasajeros.

Porque los Valores son nuestros horizontes de referencia, para el individuo y para la comunidad. Y parafraseando a Galeano: el horizonte sirve… para seguir caminando. Valores para que nuestro andar por este mundo tenga Sentido.

Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *