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VALORES

Cultura organizacional y estrategia de fundraising

En el mundillo de las organizaciones se habla hoy mucho sobre el fundraising, sus dificultades y modelos de éxito. Para las organizaciones siempre ha sido importante tener (y actualizar) una estrategia de captación de fondos. Especialmente en esta última década de “crisis económica”.

Estrategias insuficientes

Pero son muchas las organizaciones cuyo balance económico no levanta cabeza, a pesar de emprender sucesivas campañas de marketing digital: web, redes sociales, mailing masivo… Y es que, sin duda, un fundraising eficaz no puede centrarse en la aplicación de recursos de la hoy tan afamada transformación digitalLa “digitosofía” (o “digitolatría”, que también pudiera ser) quizás sirva para el marketing de la gran banca, pero no tanto para una organización social.

Creo que para el marketing social y la captación de fondos de una organización sería mucho más esencial:

  1. Tener claramente definida la “causa” que se propone a socios, donantes y personal de la organización, buscando su compromiso con ella (aportación económica de unos y esfuerzo profesional de otros). Y concretarla y actualizarla periódicamente con objetivos específicos que continúen motivando sobre necesidades específicas.
  2. Centrar esfuerzos en la “cultura” de la organización, sus valores y sus creencias. Pero los auténticos, no los que la consultora nos puso en primera página del Plan Estratégico o en la Home de la web institucional. Para esto -claro- hay que mantener alguna forma de observatorio interno que permita el diagnóstico permanente y facilite así la adecuada intervención correctora.
Construyendo el Mundo
© RosaMariposa (licencia Creative Commons)

Creencias a revisar

Así que no estamos ya hablando de marketing (¿o sí?) sino de cultura organizacional. La cultura organizacional como respuesta para mejorar la captación de fondos. Sobre esto gira el artículo que comparto, de Florencia Gambetta, y que me permito resumir en este esquema:

  • Conseguir dinero es importante para la misión. Conviene buscar excedentes (que no es lucro) y aplicarlos en la mejora de los objetivos, no sólo en la ejecución de actividades.
  • El donante no es sólo una cuenta bancaria; hay que darle voz, mantenerlo informado e involucrarlo en la organización. Y fidelizarlo, como se haría con un cliente.
  • Atender las necesidades del personal es imprescindible para mantener su compromiso con la causa. La colaboración de cada empleado es esencial para una captación de fondos exitosa. Y también la de cada equipo de trabajo, la sinergia entre todas las áreas de la organización.
  • Se trata de «vender» nuestro proyecto, no de vendernos. Por eso hay que hacerlo con coherencia, pero también sin miedos ni prejuicios. No cansemos al «comprador» con abuso de palabras-mito y justificaciones éticas que nadie nos ha pedido.
  • El entorno cambia con rapidez, por lo que la organización debe estar permanentemente abierta al cuestionamiento interno. Se puede y se debe ir cambiando el mensaje, abrirse a nuevas ideas. Y hacerlo -eso sí- sin cambiar la esencia de la organización; porque si no, más que adaptarnos, estaríamos inventando otra nueva, y eso no suele gustar al donante.

Basado en: 6 creencias que atentan contra tu captación de fondos

Captar… con corazón

Por mucho que pudiera incomodarnos, una organización se sostiene sobre un balance económico positivo. Y éste se construye sobre algo más que el recurso constante a la tecnología como solución a todos los problemas. Ahora  y siempre, la más auténtica tecnología-punta ha sido y será la que se aplica desde y para la interacción humana. Una tecnología «del corazón», con la empatía y la comunicación como principales recursos. Y donde -cómo no- ha de seguir destacando el papel de las creencias y de los valores.

El batiburrillo de los valores

Mezcla desordenada de cosas inconexas.

batiburrilloAsí define el Diccionario el término «batiburrillo», como reza el título de este párrafo. Y eso es lo que, lamentablemente, me parece que hacemos a menudo cuando hablamos del concepto «valor». Ya hicimos anteriormente alguna referencia a lo difícil que viene resultando  hacerse entender cuando hablamos de «valores» (La ambigüedad del concepto valor). Y esto nos ocurre igualmente en contextos coloquiales como en ciertos círculos profesionales.

Y hoy no cabe decir que el concepto no esté ya suficientemente clarificado… Yo suelo siempre recomendar, en nuestro contexto hispano, dos libritos que, ya a mediados del pasado siglo, abordaban y desmenuzaban el concepto «valor» con gran rigor y sin gran complejidad. Y, afortunadamente, tan libres de «psicología barata» como de politiquería innecesaria (que enturbian a menudo nuestra sociología hispana). Me refiero a:

Más allá de los clásicos

El batiburrillo que ahora comentamos va más allá de las más clásicas confusiones que ya hemos comentado en otras ocasiones. Más allá de las típicas mescolanzas entre los conceptos valores y virtudes que, tantos siglos después de Aristóteles, aplican un reduccionismo hoy poco admisible fuera de algunas perspectivas religiosas.

Quizás de ahí emana un concepto confuso y hasta peligroso: contravalores. Hoy pocos son quienes creen que existan “valores malos o negativos” o  contravalores. Más bien se trataría de detectar la presencia o ausencia de los diversos valores y la jerarquización entre ellos; claro que, para eso, sería necesario utilizar un instrumento de diagnóstico riguroso y validado. El propio Scheler, probable creador del término “contravalor”, lo desechó posteriormente. ¿Acaso creemos que alguien pueda tener como ideales de su vida la In-Justicia, la I-Responsabilidad o la Des-Igualdad?  Cosa bien distinta es que haya personas que no incluyan en su “lista de valores” alguno o algunos de estos tres – Justicia, Responsabilidad, Igualdad – y/o que  los tengan subordinados a otros valores bastante menos prosociales, como pudieran ser: Seguridad, Economía o Placer sensorial

Observamos confusión más allá, también, de las ya clásicas dialécticas entre valores objetivos y valores subjetivos, que aún hoy siguen haciendo discutir acerca del valor como algo deseable o algo deseado. El caso es que no nos resulta fácil tratar sobre valores sin que algún interlocutor caiga en confusiones «piadosas», mientras otros pretendan repudiar el concepto desde el pseudo-progresismo de lo-políticamente-correcto. Unos y otros acaban desprestigiando el concepto por simple ignorancia; aunque los segundos me parecen más peligrosos, pues lo hacen pretenciosamente, incluso a veces con rango académico.

La variedad enriquece, pero también confunde

También sucede que hay modelos axiológicos con 3 categorías de valores (triaxial de Dolan), otros con 10 (Schwartz) y los hay con decenas de categorías (Hall & Tonna). Esta variedad no importa si en cada caso el modelo es consistente y se ha validado adecuadamente; y mejor si la validación fue transcultural o multicultural. 

Los hay que incluyen (y, normalmente, definen) 10 valores, 36 (Rokeach), 51 (Dolan) o 125 (Hall-Tonna). Esto tampoco debería ser un problema si cada profesional, en cada ocasión, conoce y aplica uno de esos modelos con cierto rigor y sin entrar en mezclas a conveniencia.

Pero sí es cierto que esto nos muestra un amplio margen de consideración acerca de qué es y qué no es un valor… Y esto es quizás causa fundamental de ese batiburrillo en torno a los valores, que genera desde hace décadas debates públicos y privados acerca de si «algo» debe o no considerarse un valor. Así, seriamente, lo venimos presenciando en torno a conceptos como Amor, Libertad o Felicidad, considerados o no como valores según el modelo con el que cada cual trabaja. Y sin duda se trata de una dialéctica enriquecedora; aquí no hay incongruencia, sino enriquecimiento conceptual.

La ignorancia osada

Pero, un paso más allá, el batiburrillo crece y se amplia cuando alguien se acerca a estos asuntos axiológicos sin ser consciente de su propia limitación, cuando no desconocimiento. Y entonces, utiliza el concepto «valores» como si fuera un cajón de sastre donde cabe cualquier palabra que represente alguna abstracción bien valorada en su contexto actual; o sea, políticamente correcta y/o aplaudida por la audiencia.

Así los hay que obsequian al mundo con perlas como las siguientes, un puñado al azar entre cientos de ejemplos bien fáciles de encontrar en Twitter:

…Cuán bien representa los valores de la incitación al antisemitismo tal cual dice el fallo en el que fue procesado.

Qué tristeza los pocos valores de la gente hoy en día, que un día te dicen mejor amiga y otro día te maltratan!

Qué lindas son las personas sencillas y con muchísimos valores!

…Para seguir compartiendo con todos los valores positivos y beneficios reales que el turismo puede representar”.

Otras propuestas confusas y difusas

Pero incluso en niveles técnicos de mayor rango, mucho más serios que un usuario de Twitter, encontramos confusiones que nos aturden a los propios técnicos y pudieran colaborar en la confusión de la que hablamos. Sirvan de ejemplo estas cuatro «patologías» ilustradas con ejemplos recientes:

Confusión de actitudes con valores:

En el Modelo Triaxial de Dolan (que, por lo demás, admiro y en ocasiones aplico) se incluye Puntualidad entre sus  51 valores. Dicen que es fruto de la validación del modelo en culturas orientales como China o Japón. Me da a mí que en realidad el valor al que se refieren es más bien Responsabilidad o Respeto, o una mezcla de ambos. Dos metas de conducta que, sin duda, no suelen tener muy en cuenta esas personas impuntuales recalcitrantes que todos conocemos.

Confusión entre valores y emociones:

Desde muchos años antes de mi vinculación a la FAD, guardo, uso y recomiendo sus guías y fichas didácticas sobre Cine y Educación en Valores, cada una en torno a una película. Pero en cualquier línea de excelencia puede encontrarse un bache. Y así me encontré en los materiales didácticos de Atrapa la bandera que bien poco se refieren a valores sino más bien todo gira en torno al reconocimiento de emociones. Lo cual tampoco está mal, aunque tiende a confundir… si no fuera porque además, bajo el epígrafe de «Las emociones» se mezclan conceptos nada «emocionales», mucho más claramente asumibles como valores: Aceptación, Perseverancia, Misión

Sustracción de valores validados:

En algunas aplicaciones o adaptaciones de instrumentos axiológicos (en este caso, del Modelo de Hall-Tonna) hechas en España, se tiende a la eliminación de valores como Honor o Patriotismo, que forman parte de los 125 valores del modelo. Es cierto que en los cientos de personas a quienes hemos pasado en España el inventario de valores de Hall-Tonna, que incluía estos dos, no recuerdo que nunca nadie los haya elegido entre sus 20 prioridades. Pero, siendo rigurosos, esto no debería llevarnos a su eliminación de modelos e instrumentos ya validados multiculturalmente.

Adición de neo-valores:

Y del mismo modo que se restan, se suman. Así, es hoy bastante común la incorporación, incluso en estudios de alto nivel académico, de «valores» como Interculturalidad o Igualdad de género, como si su potente activación en discursos políticos hiciera necesario segregarlos abiertamente de sus respectivos Diversidad/Tolerancia e Igualdad/Equidad. Son esas palabras-valor mitificadas en nuestro contexto actual, de las que ya hablamos en un artículo anterior.

En definitiva: pienso que todos deberíamos ser más cuidadosos y exigentes en la utilización del concepto «valor». Desde el ciudadano de a pie en su coloquio en la calle, hasta el investigador social o el profesor universitario en sus tesis y discursos académicos. Aunque, sobra decirlo, es mucho mayor la responsabilidad de estos segundos y, por ende, la de nosotros, los técnicos que usamos y abusamos del término, no siempre con el debido respeto o suficiente rigor.

 

 

Valores ¿militares?

Aquel servicio militar obligatorio.

Reconozco que me sorprende escuchar que aún haya quien defienda la «mili» obligatoria y pretenda reimplantarla. Será porque yo la tuve que hacer ya con 27 años y con carrera de Medicina y doctorado en la mochila. Y porque sólo me sirvió para perder varios meses de mi vida y un contrato en la Universidad. Y porque afortunadamente mis hijos no han tenido que hacerla… y eso que se ahorraron.

Pues bien, hace unos días comentaban en la radio la noticia de que Suecia va a restablecer el servicio militar obligatorio a partir de 2018. El gobierno sueco quiere aumentar su capacidad defensiva ante la amenaza de Rusia en el Báltico. Y realmente esta decisión, al parecer con muchos apoyos, no sorprende demasiado, pues ya es la norma en toda Escandinavia, donde incluso se está impulsando la Alianza Atlántica en respuesta a la inestabilidad geopolítica y la amenaza de su vecina Rusia.

Pero lo que más me llamó la atención fue que, en aquel debate en la radio, los invitados se pusieron a discutir sobre la «mili» y sus posibles inconvenientes y beneficios, y la mayoría  coincidió en que servía para desarrollar, en los jóvenes, valores como: disciplina, esfuerzo, lealtad, compañerismo… Y bastó esto para que algún padre o abuelo rememorara con nostalgia «su» mili, trayendo a colación aquello de «¡qué bien les vendría a algunos jóvenes de ahora!».

 


TECNOLOGÍA DE VALORES

DISCIPLINA = (Control, Orden) Tener pautas que permitan comportarse de acuerdo con las normas establecidas.

PERSEVERANCIA = Mantenerse constantes para conseguir lo comenzado, aun soportando con serenidad experiencias o situaciones difíciles o cambios repentinos y frustrantes.

LEALTAD = (Fidelidad) Respetar las promesas y cumplir con las obligaciones hacia la autoridad y hacia las personas cercanas.

[definiciones cortas originales del modelo Hall-Tonna, según adaptación de Elexpuru y cols. (2002) Universidad de Deusto] 


  

valores militares

Valores, sí, pero ¿militares?

Yo no pongo en cuestión esa posible influencia de la cultura militar sobre el desarrollo de los mencionados valores, aunque no generalizaría tal beneficio. Ni tampoco me sumaría a esos mostrencos que hoy cuestionan el ejército sin más argumento que un buenista e insustancial concepto de Paz. Pero me pregunto: si muchos -según afirman- echan de menos esos valores (algunos, claramente, valores repudiados); si de lo que se trata es de fomentar su recuperación, ¿por qué pensar en el ejército? ¿No sería mejor, de momento, promoverlos y reforzarlos en nuestras más básicas y bien aceptadas estructuras de socialización? Evidentemente, estoy hablando de Familia y Escuela.


No creo que nadie considere al ejército como un agente de socialización de primer orden. Y, sin duda, Escuela y Familia sí lo son. Luego ¿qué sentido tendría seguir confiando en la institución armada (con funciones sin duda más exclusivas) para el desarrollo de valores que son mucho mejor, y más pronto, transmitidos en los contextos de hogar y colegio…? Sin embargo, percibo en ese discurso un fenómeno de reacción a lo que algunos describen como «valores de derecha e ideas de izquierda».

Hemiplejía moral y cojera de valores

Pero -¡ay!- eso es lo que sucede cuando, sometidos a la ideología, nos empeñamos en simplificar la complejidad del ser humano y social, repartiéndolo todo (la conciencia, la ética, la cultura… ¡y hasta los jueces!) rígidamente entre dos contenedores: O «de izquierdas» o «de derechas». Una estupidez de la que ya nos alertó el gran Ortega y Gasset con su descriptivo «hemiplejía moral». Después, con la (auto)censura de lo-políticamente-correcto, en cada momento y lugar nos puede surgir la incongruencia entre aspirar al desarrollo de ciertos valores «de derechas» y luego ser incapaces de ejercerlos y transmitirlos porque sentimos que chocan con las que son (o deberían ser) nuestras ideas «de izquierda». Y lo mismo podría ser al revés, si se tratara de otro tema.

Disciplina y Esfuerzo son claro ejemplo de una «cojera de valores» que hemos podido comprobar empíricamente en nuestras intervenciones con familias, y ya presentamos en un artículo anterior. Una falta de competencia, casi discapacidad, que se nos presenta con frecuencia y puede limitar notablemente nuestra labor educativa en la Familia y en la Escuela. Y luego quizás alguien venga y pretenda arreglarlo con un servicio militar obligatorio, o algo peor que aún esté por inventar.

Competencia y competitividad

Malentendiendo el competir.

Me topé con ese reality show llamado «Sabotaje en la cocina» donde todo vale, cocinar bien o boicotear a los rivales. Viendo espectáculos tan patéticos como ese programa de televisión, se hace comprensible el creciente rechazo a la Competitividad… Pero es que americanadas como «Sabotaje en la cocina», u otras experiencias distorsionadoras, no deberían marcar nuestro sentido de las palabras-valor.

¿Usted qué cree?: COMPETENCIA y COMPETITIVIDAD ¿son o no valores?

Desde luego, si entendiésemos esas palabras con el sentido que ilustran estas viñetas de Eneko, no es de extrañar que abominásemos de ellas:

competitividad3 competitividad2 competitividad1

 

 

 

 

 

 

 

 

Rechazo moralista

Pero me pregunto quién y cómo decidió que desarrollar competencia(s) y competir deben ser considerados execrables rasgos capitalistas. Salvo para el fútbol, claro: en ese fenomenal negocio disfrazado de deporte sí que competir está bien visto por la mayoría, a veces hasta llegar a la violencia.

¿Más valores repudiados? ¿Por qué este empeño de las ideologías (y las religiones) en marcar jerarquías de valores?. Valores y jerarquías que, según ellas entienden, deben ser universales y radicales; repudiando todo aquello que excede sus cuadriculadas prioridades?

¿Qué tal si en vez de etiquetar ciertos valores, con esa supuesta autoridad moral (más bien la «hemiplejía moral» que criticaba Ortega) los redescubriésemos y revitalizásemos así, con un sentido más profundo y positivo?:


TECNOLOGÍA DE VALORES

COMPETENCIA = Tener seguridad en las propias destrezas para realizar una contribución positiva en el trabajo o a la sociedad.

COMPETITIVIDAD = Tener afán de superarse y de dar lo mejor de uno mismo en la profesión o en un área determinada.

[definiciones cortas originales del modelo Hall-Tonna, según adaptación de Elexpuru y cols. (2002), Universidad de Deusto]


Éstas y otras palabras repudiadas

Quizás así devolveríamos el debido respeto a palabras-valor de tan larga tradición. Palabras que, formen o no parte de nuestro personal mapa de valores, merecen conservar su espacio sin ser repudiadas. Tal vez vistas así (sin puñalada, pisotón ni cachiporra) podríamos acercarnos con más libertad a su aceptación y desarrollo. Tal vez, incluso, así lleguen a parecernos tan respetables como otras palabras-valor (¿o son palabras-mito?) a menudo sobredimensionadas en nuestro actual contexto cultural. Por ejemplo, esa Tolerancia que, bien mirado, en un mundo tan lleno de situaciones intolerables, también podría ser uno de esos valores «discutibles y discutidos», en vez de ocupar tan altas posiciones en el ranking de la moral-políticamente-correcta.

Otro día trataremos de otros constructos muy ligados a estos que hoy traemos, y me temo que también bastante repudiados en ésta nuestra sociedad postmoderna: La Voluntad y el Esfuerzo. ¡Así nos va! ¿Alguien de ustedes los echa de menos… por ejemplo en la Educación?

Valores repudiados

valores repudiadosHace algún tiempo tuve una interesante experiencia de análisis de valores con un grupo de madres y padres de un prestigioso colegio de Sevilla. Una interesante experiencia para nosotros como consultores, y espero que también para ellos pues sus valoraciones fueron bastante favorables. Fue un trabajo con cierta profundidad, aunque limitado en el tiempo: dos tardes y unas tareas entre sesiones que incluían la realización individual y análisis del Inventario de Valores de Hall-Tonna.

Valores ausentes: las tres D

Entre los resultados y conclusiones, más allá del trabajo formativo y de diagnóstico grupal, hubo algo que nos llamó poderosamente la atención: En aquel grupo de padres y madres, pertenecientes a la burguesía sevillana, había sucedido algo muy similar a lo que antes pudimos observar en otra población bien distinta.

Aquella otra experiencia había sido con un grupo de 30 madres y padres de una pequeña localidad agrícola y artesana de la serranía de Cádiz. En uno y otro caso, con poblaciones bien distintas, un ejercicio estandarizado de«consenso de valores sobre nuestra familia ideal» había arrojado un conjunto bastante similar de 15 o 20 valores prioritarios, secuenciados en etapas madurativas. Y, para completar el patrón, también ambos grupos coincidieron en la ausencia, en sus elecciones explícitas, de ciertos valores que responden a necesidades relacionadas con el dinero, la disciplina y el deber.

Esto no es tan sorprendente, si bien creo que merece esta referencia. Como también mereció la mención explícita y reflexión ante aquellos padres y madres participantes.

 


TECNOLOGÍA DE VALORES

CONGRUENCIA = Expresar sentimientos y pensamientos de manera que lo que uno siente internamente sea lo mismo que lo que comunica externamente.

ECONOMÍA (Beneficio) = Asegurar ganancias económicas para sentirse seguro y respetado, estableciendo una base sólida para el futuro.

CONTROL-ORDEN-DISCIPLINA = Tener pautas que permitan comportarse de acuerdo con las normas establecidas.

DEBER-OBLIGACIÓN = Seguir las costumbres y normas establecidas, con respeto a los otros y con sentido de responsabilidad hacia los códigos institucionales.

[definiciones cortas originales del modelo Hall-Tonna, según adaptación de Elexpuru y cols. (2002), Universidad de Deusto] 


 

¿Valores «negativos» o negados?

Una vez más se nos ponía en evidencia cierta disposición cuasi universal a silenciar determinados valores. Valores que son referidos como menores o secundarios, anticuados o incluso «negativos». Y esto es así -qué duda cabe- por alguna influencia ideológica, constitutiva de lo que solemos llamar «lo políticamente correcto». En un artículo anterior ya referimos esta frase de Beatriz Villacañas:

«Para conocer  a fondo una época  es necesario un estudio de las palabras que santifica y de las palabras que demoniza».

Entonces hablábamos de palabras santificadas o palabras-mito; hoy nos referimos a palabras-valor demonizadas: valores repudiados.

Porque lo más llamativo y que nos movió a la confrontación y a un rico debate con el grupo del colegio sevillano vino después. Al comparar este perfil de grupo, resultante del ejercicio de consenso, con las conclusiones del análisis de los inventarios individuales de valores que, entre sesiones, ellos mismos habían realizado. Resultó que esos tres mismos valores -llamémoslos Dinero, Deber y Disciplina, las «tres D»- sí se encontraban, de forma muy significativa, entre las prioridades de la mayoría de sus listas de valores individuales. Esto es: se evidenciaba una notable incongruencia entre la ausencia de estas «tres D» cuando preguntamos explícita y públicamente por ellos como palabras-valor, frente a su notoria presencia cuando los mismos sujetos, de modo individual y anónimo, eligen y priorizan sus ideales y patrones de conducta más implícitos, proyectados en el repertorio de 125 ítems del Inventario de Valores Hall-Tonna.

Cuestión de congruencia

No estábamos allí, ni aquí, para juzgar esa incongruencia. Pero quizás, como padres y educadores, debiéramos preguntarnos si esa brecha, entre necesidades sentidas implícitas y valores repudiados explícitamente, no tendrá consecuencias sobre nuestras estrategias educativas. Y, particularmente, sobre la inalienable función socializadora de nuestra institución familiar (y, quizás, igualmente, de otras de nuestras instituciones, tan importantes como la Escuela).

¿Por qué no reconocer que la economía, el orden y la norma también forman parte de los cimientos para un clima familiar que proporcione seguridad a los miembros y les ayude a construir su presente y futura autonomía

¿Acaso no es preferible tratar explícitamente acerca del dinero o el deber, sin ocultarlos bajo fundamentalismos morales o seudo-progresistas, advirtiendo -como con cualquiera otro valor- sobre sus riesgos de sobrevaloración? Lo ilustró el filósofo José Antonio Marina, refiriéndose al valor Economía, con esta rotunda frase:

«El dinero es un instrumento que puede tener un uso noble o un uso canalla”  

Porque no es sólo la elección de valores, sino su orden de prioridad y las asociaciones entre ellos, lo que más determina su repercusión sobre nuestras conductas.

Conclusión

¿Qué calidad de socialización cabe esperar en los menores, si quienes les educamos llegásemos a repudiar expresamente ciertos valores que, sin embargo, están en nuestra base? Pensemos en otras palabras-valor como Autocontrol, Deber, Esfuerzo, Responsabilidad… Valores que hoy vemos ya tan mal considerados que incluso padres/madres y docentes prefieren silenciarlos. Aun cuando la evidencia nos muestra que ello va en contra de sus necesidades sentidas, en contra de sus propias prioridades implícitas.

Yo al menos saqué una lección (además de la de trabajar todo esto con aquellas familias): menos santificar y demonizar palabras; menos mitificar y repudiar valores. Aunque sólo sea por simple coherencia entre lo que sentimos y lo que expresamos. Porque, entre otras razones, sin esta congruencia difícilmente educaremos bien.

¿Igualdad o Diversidad?

«Cuando todos piensan igual es que ninguno está pensando» (Walter Lippmann)

Igualdad o Diversidad… ¿en qué quedamos?

Haceigualdad o diversidad unos días llegó a mis manos un artículo de Ricardo García Manrique, profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Barcelona. No tengo costumbre de leer textos sobre materia jurídica, salvo cuando me los recomienda mi hijo, que es del gremio. Pero éste me llamó la atención desde el principio porque se refería a un asunto axiológico. Concretamente sobre el concepto de Igualdad.

He de reconocer que el término «igualdad» constituye para mí una inquietud constante. Porque forma parte de esas palabras-mito que considero sobrevaloradas, elevadas a un rango superior al que les corresponde. Un rango desde donde a menudo sirven como moneda de cambio a los poderes fácticos. Por eso mismo, ¿cómo iba a dejar de leer un trabajo que me llegaba presentado bajo el lema «La igualdad no es un valor»?

«La igualdad no es un valor»

Destaco el argumento para mí más significativo del artículo de GARCÍA MANRIQUE:

«A la hora de justificar axiológicamente normas, derechos o acciones […] debemos evitar el uso valorativo del término «igualdad» o, si lo seguimos usando, ser conscientes de que no designa un valor distinto del de la justicia o el de la libertad. De este modo, las propuestas políticas igualitaristas, como la que expresan los derechos sociales, resultarán mejor articuladas y más atractivas. […]

La igualdad que es valiosa es la que es justa, y sólo algunas igualdades lo son, luego es la justicia la que es valiosa y no la igualdad como tal, que puede ser buena, mala o irrelevante. […] Tampoco los derechos sociales presuponen un dilema entre la libertad y la igualdad que resuelvan a favor de la segunda, sino que presuponen un dilema entre la mucha libertad de unos y la poca libertad de otros, que resuelven distribuyéndola entre todos por igual».  La semántica confusa de la igualdad. DOXA, Cuadernos de Filosofía del Derecho, 33 (2010) pp. 591-624.


He de decir que de inmediato me sentí identificado con dicho argumento, totalmente congruente con las consideraciones sobre el concepto «igualdad» según el modelo axiológico de Hall-Tonna (marco epistemológico e instrumental básico de nuestro trabajo con valores). Tales consideraciones sitúan la igualdad como algo necesariamente implícito o consecuente a otras palabras-valor: Derechos, Libertad, Justicia. Valores que coincido con García Manrique en considerar más relevantes y auténticos. 


TECNOLOGÍA DE VALORES

EQUIDAD / DERECHOS = Defender desde el punto de vista moral y ético, la igualdad legal y social de todas las personas.

IGUALDAD / LIBERACIÓN = Experimentar que uno tiene el mismo valor y derechos que los demás. Es la conciencia crítica del valor del ser humano.

JUSTICIA / ORDEN SOCIAL = Emprender actuaciones concretas para abordar, confrontar y corregir condiciones de desigualdad y opresión humana, con el fin de hacer presente y real el hecho de que todo ser humano tiene el mismo valor.

[definiciones cortas originales del modelo Hall-Tonna, según adaptación de Elexpuru y cols. (2002) Universidad de Deusto] 


Igualdad o igualdades

Y si la igualdad sólo es valiosa si es justa, y hay otras «igualdades» malas o irrelevantes, entonces ¿a qué viene tanto abuso del término «igualdad»?

Baste un botón de muestra: en Andalucía, comunidad donde resido, la estructura de gobierno (en manos de un mismo partido desde hace 35 años) ha estado contando con una macro-consejería que gestionaba dos de los cuatro pilares del Estado de Bienestar: Sanidad y Servicios Sociales; sin embargo su denominación venía siendo Consejería de Igualdad, Salud y Políticas Sociales, simplificada -claro- para la población como «consejería de igualdad». Parece que esa pregonada Igualdad fuese el primer y más importante objetivo de su gobernanza, separada de Sanidad y Servicios Sociales para mayor protagonismo, e incluso antepuesta a ellas.

Tal vez, como escribió González Faus, para ciertas facciones ideológicas este recurso constante al valor igualdad se haya convertido en tablón al que aferrarse en medio de «el naufragio de la izquierda«. Quizás sea un guiño -¿buenista o electoralista?- a aquello que Juan Manuel de Prada denominó «la igualdad de los resentidos»:

«El resentimiento, disfrazado de reclamación de igualdad adulterada (puesto que ya no es igualdad de origen, sino negación de los méritos personales de cada uno)»

Diversidad, más que Tolerancia

Frente a ese igualitarismo manipulado (y manipulador) parece que hayamos olvidado o perdido el sentido de otro valor. Un valor que a muchos nos parece menos irreal y más constructivo: la riqueza de la diversidad; evolucionada a partir de otro más básico y -por lo mismo- menos enriquecedor, como es unidad-uniformidad.

 


TECNOLOGÍA DE VALORES

UNIDAD / UNIFORMIDAD = Potenciar la armonía y el acuerdo en una institución para lograr eficacia, orden, lealtad y conformidad con las normas establecidas.

UNIDAD / DIVERSIDAD = Reconocer y aceptar el enriquecimiento que supone el contar con diferentes puntos de vista y opiniones.

[definiciones cortas originales del modelo Hall-Tonna, según adaptación de Elexpuru y cols. (2002) Universidad de Deusto] 


En este país hace 40 años iniciamos una esforzada y eficaz pedagogía social para la recuperación de un valor al que llamábamos «tolerancia«. Pero parece que falsos igualitarismos (hembrismos, multiculturalismos y otros -ismos posmodernos) no hacen más que socavar precisamente esa diversidad que proclamábamos prioritaria. Quizás precisamente nos equivocamos en sobrevalorar aquella tolerancia…

Pues, en fin de cuentas, «tolerar» sin más ¿qué mérito tiene? El mayor conformista del mundo podría considerarse un perfecto tolerante. El peor de los relativismos, pese a su pobre ética, pasaría por prototipo de tolerancia. Por eso se me quedó grabada aquella reformulación que, años atrás, nos hacía el catedrático de Sociología Javier Elzo, proponiendo la denominación «tolerancia activa» si queríamos referirnos a un valor auténticamente relacionado con el respeto y la riqueza de la diversidad.

Igualdad

¿Y en la Educación?

Creo que en nuestro sistema educativo, en nuestras escuelas, tan sólo aparentamos tener muy en cuenta estos dilemas de la igualdad / diversidad. Pero no damos suficiente sentido a ninguna de tales palabras-valor, no sea que se contradigan; lo cual es muy probable. Ni las priorizamos adecuadamente, en cada caso, por miedo a lo políticamente correcto. Y esto nos crea no pocas confusiones y discusiones; por ejemplo cuando se trata de evaluar. La evaluación, asunto importante, pero tan sobrevalorado hace décadas como injustamente denostado en nuestra pedagogía posmoderna.

Pienso que ya va siendo hora de que nos esforcemos en superar nuestros estériles debates entre equidad y calidad. Y es tiempo de que aprendamos (de verdad) algo de ese aclamado sistema educativo finlandés, que ya hace décadas superó tal disyuntiva y  convirtió el asunto en un pacto de estado. Algo que aquí nos sigue pareciendo imposible de alcanzar.

Conclusión

En fin, que no me resigno a las «igualdades injustas» y la «tolerancia obligatoria en un mundo con tantas cosas intolerables» (Beatriz Villacañas). Por eso las discuto. Pero debo reconocer con cierta desesperanza que esto no es nada nuevo en nuestra España, donde llevamos siglos con vacíos discursos de falso igualitarismo: mal-igualando siempre por debajo, lo cual implica evidentemente un serio obstáculo para alcanzar la excelencia.

Por eso me resulta tan divertido y actual aquel famoso epigrama escrito hace 150 años por Manuel del Palacio. Por cierto, frecuentemente atribuido, no sé por qué, al argentino Padre Castellani. O, aún peor, a nuestro Lope de Vega:

«¡Igualdad!», oigo gritar / al jorobado Torroba.

y se me ocurre pensar:

¿Quiere verse sin joroba, / o nos quiere jorobar?